martes, 21 de abril de 2009

INTRODUCCIÓN A LA INTEGRACIÓN INTERNACIONAL*


El concepto de integración
Desde un punto de vista general, y ateniéndose al planteamiento del profesor Luciano Tomassini, el concepto de integración sirve para designar todo tipo de procesos que conduzcan a la formación de comunidades políticas, ya sea en el plano nacional o internacional, mediante la agregación de distintos elementos. Las teorías de la integración deben mucho al pensamiento funcionalista y a los aportes de Robert Merton, centrándose luego en el campo internacional a través de estudios sobre la formación de comunidades políticas en el área del Atlántico Norte y en la Comunidad Económica Europea (luego Unión Europea), principalmente representados por los trabajos de Karl Deutsch y Ernst B. Haas. Un común denominador de las teorías sobre la integración radica en que, a diferencia del pensamiento clásico, que atribuye el origen de toda comunidad política al ejercicio del poder y la presencia de una autoridad, subrayan el papel de las interdependencias funcionales, la interacción y las comunicaciones en el origen de esas agrupaciones. Se ha señalado ya que la idea de integración forma parte de un continuo conceptual que incluye los procesos de coordinación, concertación, cooperación e integración entre distintas políticas y diversos actores en función de intereses y objetivos compartidos. Para el caso de América Latina, el proceso de integración ha sido complejo y discontinuo: complejo, porque los desafíos que ella impone han sido obstaculizados por los intereses nacionales y; discontinua, porque la integración corresponde a un proceso soñado en los albores de la Independencia por Simón Bolívar, pero que desde el punto de vista político sólo era viable una vez conquistada la Emancipación. Para el caso de esta parte del mundo, ha redundado en un proceso histórico de más de un siglo. Con todo, si examináramos, aunque de manera sumaria, cronología de la integración latinoamericana de los últimos 45 años, nos encontraremos con una lista muy extensa.


La integración es hoy un desafío quizá más urgente que en el pasado. Los cambios económicos de la llamada globalización, han puesto en crisis a las ya debilitadas económicas regionales que, dificultosamente, han transitado por más de una década de reformas estructurales liberales, y cuyos éxitos aún son muy discutibles. Con todo, el escenario actual nos recuerda que la sola supervivencia impone, de manera imperativa, desarrollar estrategias eficientes de funcionamiento internacional. Para muchos autores la fórmula sigue siendo la integración regional, pero no cualquier tipo de integración. En este sentido se debe insistir en aquella que parta por aceptar la existencia de la globalización, en donde la integración sea el instrumento central, no único, de nuestra participación en el mundo.


En la actualidad, la integración es un desafío aún más complejo, dado el escenario de diferentes crisis políticas y económicas regionales. Como se sabe, las crisis no sólo constituyen un momento y un marco de dificultades, sino que también son un espacio de grandes oportunidades. Quizá sólo después de un momento así de difícil, asumamos de manera profunda que estamos inexorablemente unidos: para bien y para mal. En tiempos de crisis, como señaló Winston Churchill a sus aliados, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-45), es preciso reforzar las lealtades. Esta frase, quizá excesivamente retórica, fue la provocación con que se invitó a los empresarios chilenos, para que asistieran a la reunión anual del Comité Empresarial Chile-Japón, celebrada en Tokio en septiembre de 1999. En medio de la Crisis Asiática (1997), que tan duro golpeó a Chile, el Comité, integrado por empresas privadas y estatales, fue a Japón para confirmar que no obstante los dolores de cabeza que por entonces nos producía este vínculo, era necesario reconocer que más allá de la Crisis estaba el interés superior de una alianza duradera. Pero, por cierto, la integración es mucho más que buenos deseos. Implica una cesión de la soberanía nacional, la que se compromete a subordinarse frente a una entidad supranacional; supone que un grupo de países ordenados en torno a valores comunes; y a una organización institucional, dirigida hacia el cumplimiento de metas concordadas y bajo la orientación de una estrategia común. A nivel regional eso hoy no existe, salvo pequeñas (pero no menos valiosas) excepciones.


En este contexto, la integración es un imperativo que, sin embargo, debe ser afrontado con una nueva mirada, la del realismo político internacional. A continuación se presentarán 4 hipótesis acerca de los desafíos de la integración latinoamericana: primero, la integración como discurso y como voluntad; segundo, el contexto de la integración latinoamericana; tercero, las integraciones deseables; y cuarto, las integraciones posibles.


La integración como discurso y como voluntad
El paso del discurso de la integración (retórico-academicista y/o político populista), a la acción ha sido difícil, sino imposible, cuando se ha carecido de la real voluntad política para llevarlo adelante. A mi juicio, una de las claves por las que la integración no ha funcionado efectivamente en la región, está asociada al enfoque y al tipo de discurso que se ha hecho a partir de dicha mirada. La integración ha sido mirada bajo la óptica del idealismo y ha procurado influir sobre un fenómeno cuyas variables han sido manejadas bajo los criterios del realismo político internacional. Esta dicotomía, entre discurso y acción, ha impedido que las ideas sean convertidas en agendas posibles y, a su vez, que éstas sean traspasadas a planes de acción factibles.


Con motivo de realizarse la Primera Cumbre Iberoamericana(1) , a comienzos de la década de los noventa, muchos discursos presidenciales coincidieron en formular la misma tesis. Junto con reconocer que la deseada integración no había dejado de ser un giro retórico más de los discursos políticos, se llamaba a construir la integración efectiva. Ésta no existía y debía realizarse en torno a una nueva arquitectura regional. En medio, como siempre, estaba la voluntad de cada Estado. Pasada más de una década de aquella primera cumbre, la situación de la integración regional es peor, pues hoy ni siquiera se tiene la esperanza de que ella funcione.



El contexto de la integración latinoamericana
Un examen pormenorizado de la agenda regional para la década recién pasada (2), nos permite advertir que, efectivamente, la región ha carecido de las condiciones mínimas para la integración. José Morandé elaboró un esquema de la agenda hemisférica a fines de la década de los noventa, capturando claramente, los déficit en las precondiciones para la integración.


Como bien concluyó Morandé (3) , la Agenda regional ha estado centrada en el libre comercio y sus derivaciones. Con todo, este gran propósito no ha pasado de ser una frustrante expectativa. Chile, durante toda la década de los noventa, con todas las evaluaciones positivas de las agencias internacionales de riesgo, de los organismos económicos de carácter multilateral, etc., no logró avanzar exitosamente en aquel factor supuestamente aglutinante que era la iniciativa de George Bush para las Américas. Dicho de otro modo, las reformas estructurales liberales que se implementaron en toda la región durante los noventa, con grandes costos políticos y sociales para todos los países involucrados, tenían como norte rehacer no sólo la arquitectura de las relaciones económicas de la región, sino que también reestructurar las relaciones políticas donde esas economías se iban a entender. El multilateralismo estimulado por la OMC (Organización Mundial de Comercio) y Estados Unidos, quizá al revés, se enfrentó con la resistencia de los sectores progresistas de Estados Unidos (Partido Demócrata) y con los factores estructurales de nuestros problemas regionales: inestabilidad política, corrupción, narcotráfico, narcoterrorismo, terrorismo de insurgencia, pobreza, migraciones informales de la fuerza de trabajo, etc.


Hasta aquí existe la convicción de que una Agenda cuyo mayor énfasis estaba puesto en el libre comercio, la libertad política y en general la apertura, no podía descuidar las bases donde esos cambios se iban a depositar. Por cierto, todo esto debía hacerse al mismo tiempo. Evidentemente aquí predominó el modelo multilateral de regionalismo abierto, pero incluso en él la región no estuvo suficientemente acompañada por Estados Unidos. El resultado de todo esto fue la inacción para la aludida iniciativa de Bush, pero también para la integración.


En este contexto, no fue ni es posible hacer integración profunda. Básicamente porque los disensos regionales no parecen replegarse, sino que avanzar. Entre ellos, las principales contradicciones se observan entre sistemas y regímenes políticos; y entre sistemas y modelos económicos. A mi juicio esta es una debilidad estructural que siendo compleja, está alojada en un espacio donde, con todo, sí es posible actuar, aunque con grados de éxito variables.


En cuanto a las contradicciones entre sistemas y regímenes políticos, se observa que si por un lado hay democracias restringidas por poderes fácticos (empresarios, militares, iglesias, sindicatos, federaciones de estudiantes, redes de corrupción, etc.); por otro, hay aún gobiernos que directamente funcionan fuera de las reglas de la democracia. En medio, existe un espectro muy amplio de "democracias autoritarias" y de "dictaduras democratizadas", que sólo confunden y dificultan las opciones reales de crear un solo lenguaje y unas reglas homogéneas y estables para acordar el marco de una genuina integración, capaz de avanzar hacia la construcción de espacios supranacionales, donde sea posible levantar la institucionalidad de la integración. Dicho de otro modo, la integración que se construya hacia el futuro no podrá estar sostenida sobre esta heterogeneidad, así como no podrá soportar ya más la inestabilidad que exhiben países cuya institucionalidad política está debilitada y/o condicionada por el narcotráfico, la corrupción, las dictaduras, la guerrilla y otras formas de arcaísmo político. Por su parte, la contradicción entre sistemas y modelos económicos, exhibe una heterogeneidad similar a la anterior: desde la planificación dirigista, controlada bajo los designios y voluntades de Estados, muchas veces, uni-personales; hasta países regidos por las reglas del mercado, implementadas a consecuencia de las reformas liberales estructurales impulsadas por CEPAL, durante la década de los años noventa. En medio, un espectro también muy amplio, de sistemas y modelos heterodoxos que van desde el "Estado Empresario" (inspirados en Keynes y en Prebisch) hasta las clásicas "economías populistas" extendidas durante el imperio de los regímenes autoritarios. Al igual que en el caso anterior, la integración futura no podrá construirse sobre bases tan disímiles, así como no podrá soportar la inestabilidad de las políticas nacionales.

Particularmente en el campo de los negocios, el acuerdo y coordinación entre las economías es un imperativo. Así como es un imperativo estructurar la integración en torno al sistema de mercado, que es el único lenguaje de los actuales acuerdo de libre comercio y que es el marco de la única experiencia económica realmente exitosa de integración, como es la Unión Europea.


Las integraciones deseables
El modelo ideal de integración es, a mi juicio, el de la Unión Europea. De acuerdo al contenido del Tratado de Maastrich(4) , es posible advertir que allí se ha partido de consensos básicos y fundamentales que en América Latina no han existido(5) hasta ahora.

En primer lugar, ver la integración como un desafío para enfrentar una nueva época, que supere la fragmentación histórica. Sobre este punto, el mismo Osvaldo Sunkel ha escrito lo siguiente en 1998: "Los países de América Latina tienen una tradición centenaria de fragmentación interna en lo político, lo social y lo económico y de ignorarse y darse las espaldas mutuamente, mientras estrechan fuertes lazos económicos, culturales y políticos extra-regionales con la potencia dominante de la época (6) . La realidad actual no exhibe ninguna evidencia de haber modificado esta convicción histórica. Más bien, lo contrario. Chile es un ejemplo de ello, aunque con una variación que señalaré más adelante (7) .

Por cierto, resulta casi imposible estar en desacuerdo con el otrora teórico de la integración. La Región exhibe casi todas las características indeseables para la integración económica y política, que sólo es posible sobre la base de consensos mínimos que, en todo caso, son bastante demandantes.

En segundo lugar, adherir a los principios de libertad, democracia y respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales y del Estado de Derecho. Por cierto las variadas formas que ha adquirido el autoritarismo latinoamericano(8) , así como todas las anomalías en las que frecuentemente incurren los regímenes democráticos regionales, no hacen sino, que reforzar la idea de que estos consensos y/o adhesiones básicas no están consolidadas. ¿Cómo podemos desarrollar la integración si no estamos genuinamente comprometidos con los valores de la democracia?, la sola existencia de una cláusula democrática en el acuerdo de MERCOSUR, es prueba suficiente de ello: la inclusión revela que no hemos incorporado profundamente el valor del sistema político que tanto apreciamos como propio. Particularmente, cuando los gobiernos democráticos procuran reducir el tema de los derechos humanos a los excesos de las dictaduras de los años recientes o cuando estos mismos gobiernos caen en el vértigo del poder (que les parece eterno), también tenemos la percepción, sino convicción, de que los principios de la libertad son una impostura, una máscara que apartarán de su rostro en cualquier momento, para exhibir sin vergüenza su verdadera identidad.

En tercer lugar, acrecentar la solidaridad entre los pueblos, dentro del respeto de su historia, de su cultura y de sus tradiciones, procurando fortalecer el funcionamiento democrático y eficaz de las instituciones, con el fin de que puedan desempeñar mejor las misiones que les son encomendadas, dentro de un marco institucional único. Sin duda, esta convicción europea no se ha transformado en parte de la política integracionista latinoamericana. Estamos lejos, incluso, de superar las heridas de nuestros conflictos fronterizos(9) .

En cuarto lugar, y respecto del propósito de promover la convergencia de nuestras economías y de crear una unión económica (aún cuando no necesariamente monetaria), que obviamente sea capaz de transformar las actuales uniones aduaneras en mercados comunes efectivos, parecen ser un objetivo que las distintas visiones y voluntades no han logrado alcanzar. Tan sólo el CARICOM(10) ha sido capaz de lograr un nivel de integración y de institucionalización semejante a la Unión Europea y, de allí también, que sus resultados exhiban un desempeño más eficiente. El alcance económico de este acuerdo, sin embargo, no ha podido influir sobre la pesada estructura de MERCOSUR.

En quinto lugar, el objetivo europeo de promover el progreso social y económico de sus pueblos, dentro de la realización del mercado interior y del fortalecimiento de la cohesión y de la protección del medio ambiente, y de desarrollar políticas que garanticen que los avances en la integración económica vayan acompañados de progresos paralelos en otros ámbitos. En América Latina ha quedado claramente fuera de alcance. Precisamente, y como forma de atraer inversión extranjera (una de las principales fuentes del crecimiento económico) las economías de la región han estado disponibles para desproteger y/o para dilatar la legislación o el ingreso, en plenitud, de normativas que protejan al medioambiente y/o a la fuerza de trabajo. Experiencias desastrosas nos sobran, el Alto Bío-bío en Chile, el Matogrosso en Brasil, etc.

En sexto lugar, la tesis europea de desarrollar una política exterior y de seguridad común que incluyera, la definición de una política de defensa común que podría conducir, en su momento, a una defensa común, reforzando así la identidad y la independencia –en este caso latinoamericanas- con el fin de fomentar la paz, la seguridad y el progreso en la región y en el mundo. En esto se ha avanzado tímidamente. Hasta aquí, algunos países han aceptado, al menos, una metodología común para medir el gasto en defensa. Con todo, también está pendiente, pues tan sólo en esta década la desconfianza regional interna, ha provocado más de algún conflicto relevante, como el vivido entre Perú y Ecuador.

Finalmente, el objetivo de facilitar la libre circulación de personas, garantizando al mismo tiempo la seguridad y la defensa de sus pueblos, mediante la inclusión de disposiciones sobre justicia y asuntos de interior en el presente Tratado, parece verse continuamente entorpecida por el narcotráfico, la guerrilla, la xenofobia, el racismo y las desconfianzas de corte fascista y/o vinculadas a las añejas (más no muertas) doctrinas de seguridad nacional.

Una integración profunda, bajo el modelo de Unión Europea, es la única fórmula que puede garantizar a la región una inserción menos dramática a la nueva economía global. No obstante, cualquier integración que implique adaptaciones a estándares más altos de competencia redundará en efectos dolorosos, especialmente para países como Argentina, cuya economía estuvo, por décadas, sostenida en una protección condenando a su propia beneficiada a desaparecer. Esta es una realidad frente a la que nadie puede negarse. Otra cosa es aceptar estructuras de mercado imperfectas, sólo porque se opera dentro de asimetrías económicas y políticas muy altas. En este punto es clave recordar lo que Susan Strange planteó hace ya siete u ocho años atrás y ante este mismo escenario de cambios (11).

Actualmente, la diferencia crucial entre los Estados no se da entre los fuertes y los débiles, como solían pensar los politólogos tradicionales, sino que entre los estados abúlicos y los astutos. Hoy los estados tienen que estar alertas, listos para adaptarse a los cambios externos, rápidos para descubrir lo que otros estados están planeando. Tanto para los estados como para las compañías, el nombre del juego es competencia. Más allá de las teorías de la conspiración sobre las grandes transnacionales, que ciertamente no actúan inspiradas por el bien común, los Estados deben asumir la naturaleza del cambio y adaptar "inteligentemente" su propia estructura a la tendencia de dicho cambio. Si la especie de "orden del día" es la competencia, es momento de aceptar que dado el actual, y permanente, escenario regional, es preciso avanzar dentro del marco de los procesos de integración posible. Sobre este punto, como casi siempre, hay un cúmulo de ideas circulando que es necesario considerar.

Las integraciones posibles
La tesis formulada por Armando de Di Filippo y Rolando Franco(12) , en una obra titulada "Integración Regional, Desarrollo y Equidad", exhibe un camino viable para la integración. La propuesta orientadora de los autores apunta a buscar vías para contrarrestar los aspectos negativos de la globalización económica en materia de soberanía nacional y desigualdad social, así como aprovechar la actual convergencia en materia de apertura económica y democratización política para promover las dimensiones de la equidad del proceso de desarrollo(13). Específicamente, Di Filippo y Franco se abocan a este problema a través de tres variables: tendencias históricas recientes, opciones de la equidad y la integración profunda.
* Tendencias históricas recientes
Desde mediados de los ochenta, los procesos de integración regional y democratización política se han desarrollado y sostenido recíprocamente. Dentro de ellos, es posible advertir dos tendencias:Primero, la pérdida de facultades soberanas de los gobiernos nacionales, derivada de la globalización se han intentado contrarrestar con la mayor disposición a unir soberanías nacionales en un plano subregional, en aquellos temas de interés compartido. Segundo, la sustentabilidad de estas tendencias quizá requiera de una segunda oleada de reformas, que se apoyen conjuntamente en las oportunidades de profundización, tanto de los procesos de democratización como de los de integración. Hasta la fecha, estas dos tendencias han tenido avances, pero también importantes retrocesos. Basta con recordar las líneas que hemos escrito sobre el contexto regional.

* Las opciones de la equidad:
¿Cómo se puede producir desarrollo con equidad, en el actual escenario de globalización?Los autores piensan que se puede producir desarrollo con equidad, a través de un proceso de integración profunda.

Primero, aprovechando las relaciones entre globalización, integración regional y desarrollo. Aquí la revolución tecnológica y el proceso de globalización determinan tres tipos de efectos fundamentales:

Por un lado, un nuevo corte social entre trabajadores rutinarios(14) y trabajadores simbólicos(15) , lo que asegura mayores tasas de desempleo y que no bajarán con el regreso del crecimiento(16) . Los trabajadores rutinarios están destinados a desaparecer y aquí la responsabilidad social de los gobiernos es promover políticas públicas que ayuden a esta gente a reconvertirse y/o a abandonar con dignidad la vida laboral activa. En este sentido, la integración debería aminorar el impacto de la nueva competencia, a través de programas públicos de reeducación de la fuerza de trabajo rutinaria, más joven, de reubicación y/o retiro anticipado de la fuerza de trabajo con mayores resistencias al cambio y a la reeducación. Por otro lado, una creciente movilidad internacional de la tecnología y del capital transnacional, y una creciente ganancia de capital, como resultado de la combinación de las productividades del norte (alta tecnología) y los salarios del sur (amplia oferta de fuerza de trabajo barata). Esta combinación, que favorece a México (maquiladoras) por estar dentro de NAFTA y que favorece a muchas de las economías de Asia, no ha favorecido a América Central y Sur, fundamentalmente porque aquí el costo de la fuerza de trabajo es más alto que en Asia, hay más inestabilidad política, mayores grados de organización (eventual resistencia) socio-política, etc. En consecuencia, en esta combinación, ni siquiera nuestra precariedad laboral puede convertirse en un atractivo para la inversión extranjera. En este escenario, la fórmula debería ser el modelo de la integración regional profunda, donde se puede enfrentar, de un modo más eficiente, el actual y futuro escenario de revolución tecnológica y la globalización. Básicamente, porque permitiría tres cuestiones entre los países: a) coordinación, armonización y unificación de las políticas públicas; b) asignación de políticas migratorias y de seguridad social; y c) formación, oferta y demanda de calificaciones. Como para el caso de Maastrich, la integración profunda debe partir desde aquí como precondición.

Los Modelos de Integración
Integración Cerrada:
Ésta, también llamada "integración profunda", durante largo tiempo, fue pensada como un concepto unívoco, cuya expresión política territorial sólo podía tener relación con un tipo único de integración y ésta era la que hoy llamamos "cerrada".
La integración cerrada es aquella que implica la construcción de un espacio común a varios Estados, cuya principal característica es su naturaleza supranacional y a la que los Estados participantes le ceden, de acuerdo al acuerdo, una porción de su soberanía.
Este tipo de acuerdo implica que los Estados que eventualmente se involucren en algún tipo de integración deben ser limítrofes, lo que, a su vez, conlleva que deban superar las probables rencillas históricas que la mayoría de los estados limítrofes ha tenido entre sí, en los procesos de consolidación de su condición de países independientes y donde la reafirmación de la propia identidad, muchas veces fue reforzada en procesos de negación u oposición de los vecinos. La desconfianza, las hipótesis de conflicto, las denominaciones de enemigo, etc. Han sido una fiel expresión de los que los vecinos han representado entre sí por décadas o siglos. Sin embargo, la experiencia europea revela que incluso en los casos de mayor conflictividad, la convivencia dentro del esquema de la integración cerrada es posible. Con todo, supone una voluntad política férrea y políticas de Estado consistentes.
Los acuerdos de este tipo, en consecuencia, son aquellos comprometidos con la integración profunda y la formación de zonas y/o áreas supranacionales. Ejemplo de ello son MERCOSUR, CARICOM, Comunidad Andina de Naciones (CAN), Mercado Común de la Comunidad del Caribe y el Mercado Común de Centro América (MCCA). Estos modelos, sin embargo, se han estado construyendo sobre bases frágiles, en tanto se han estado sujetos a voluntades políticas de muy corto plazo. Como es obvio a esta altura, la integración profunda sólo se logra mediante la convergencia de políticas, pero esto no ha logrado superar en nivel retórico de las cumbres.

Integración Abierta:
Los acuerdos de este tipo, son aquellos comprometidos con el multilateralismo y con las reglas de la OMC, especialmente respecto de la apertura de los mercados.

Entre éstos, podemos mencionar el ALCA o Área de Libre Comercio de las Américas, una iniciativa surgida en Estados Unidos y frente a la cual se ha esbozado una férrea resistencia, especialmente de las organizaciones y países que se sienten afectados y /o amenazados por la globalización económica. La crítica principal radica en que se le ve como un vehículo de la profundización de las asimetrías ya acrecentadas por el proceso recién mencionado.

Por la otra mano, uno de los casos más virtuosos de regionalismo abierto es el de APEC. En este acuerdo, cada país, independiente del tamaño de su economía y de la influencia de su política, tiene derecho a un voto. Por su carácter democrático y por la naturaleza voluntaria del proceso de apertura de cada país, este modelo ha demostrado que es posible incorporarse a la economía global, sin que necesariamente las economías pequeñas deban pagar un alto precio por ello.

En el caso del regionalismo abierto, la integración queda sujeta al contrato específico (acuerdo, tratado, etc.) que se lleve a cabo entre dos o más países y sólo compromete a los países en aquello estipulado el aludido contrato.

Como es posible ver en la figura anterior, este modelo de regionalismo abierto puede involucrar a dos países o a un conjunto de ellos, se trata tanto de acuerdos bilaterales, como de aquellos multilaterales.

Citas:
(1) Guadalajara, julio de 1991.
(2) Para el caso de la agenda mundial, véase un interesante artículo de W.W. Rostow "An Agenda for the 1990´s and Beyond", en Harvard International Review, 10th Anniversary Issue, 1990.
(3) Morandé, José A. Ob. Cit., p. 153.
(4) Firmado en Maastrich, el 7 de febrero de 1992
(5) Hago esta reflexión con arreglo a las definiciones fundamentales que aparecen en la sección de Preámbulo del Tratado.
(6) Sunkel, Osvaldo Desarrollo e integración regional: ¿otra oportunidad para una promesa incumplida?, en Revista de la CEPAL - Número Extraordinario (50 Años), Santiago-Chile, 1998, pp. 231 y ss.
(7) Denominada como política lateral.
(8) Desde el populismo neoliberal de Fujimori hasta el autocratismo marxista de Castro, pasando por este ne-populismo de Chávez.
(9) Muchos de los cuales derivaron en guerras vergonzosas, cuyos efectos perviven hasta hoy.
(10) CARICOM: Caribbean Community and Commond Market: Bahamas, Barbados, Guyana, Jamaica, y Trinidad y Tobago.
(11) Strange, Susan Rethinking Structural Change in the International Política Economy: States, Firms and Diplomacy, en Richard Stubbs and Geoffrey R. D. Underhill (editors) Political Economy and the Changing Global Order, The McMillan Press, London-United Kingdom, 1994, pp. 103-115.
(12) Armando di Filippo y Rolando Franco: Integración Regional, Desarrollo y Equidad, CEPAL-Siglo XXI editores y CEPAL, México, 2000 (primera edición)
(13) Ibid., p. 25
(14) quellos que desempeñan labores que no demandan calificación y que, crecientemente, ha sido reemplazada por la tecnificación del trabajo.
(15) Aquellos que cumplen sus funciones apoyados, crecientemente, por la tecnología computacional y que, en muchos casos, desempeñan dichas funciones mediante Internet.
(16) Una parte significativa de los actuales desempleados no encontrarán trabajo cuando el crecimiento económico retorne, básicamente porque el mercado ahora demanda habilidades que muchos de los citados no tiene.

*Cesar Ross
Profesor de Historia y Geografía, UMCE. Master en Historia Económica, USACH. Doctor en Relaciones Internacionales, IDEA-USACH.